El modelo tradicional de financiamiento del tercer sector en América Latina descansa sobre una premisa cada vez más frágil: que el capital para proyectos de impacto social proviene fundamentalmente de donaciones y subvenciones. Esta lógica —esperar la convocatoria, postular al fondo, ejecutar el proyecto y rendir cuentas— ha sostenido a miles de organizaciones durante décadas. Pero está dejando de ser suficiente.
No porque las donaciones estén desapareciendo, sino porque las condiciones del ecosistema han cambiado. Los financiadores internacionales exigen cada vez más evidencia de sostenibilidad financiera, los montos disponibles por convocatoria se fragmentan entre más postulantes, y las organizaciones que dependen exclusivamente de grants operan en un estado de incertidumbre permanente que compromete su capacidad de planificar a mediano plazo.
La pregunta relevante ya no es cómo conseguir más donaciones, sino cómo estructurar un proyecto social para que sea financiable desde múltiples fuentes de capital.



